20120125

Soy mejor poeta que mentirosa...


"Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás
y asusta a la niña que fuiste...
Como quien no quiere la cosa.
Ninguna cosa.
Boca cosida.
Párpados cosidos.
Me olvidé.
Adentro el viento.
Todo cerrado y el viento adentro..."
- A. P.


¿Qué pasa con el amor cuando no llega?
¿Qué pasa si no llega?
¿Qué pasa con todo eso que tanto quieres entregarle?
¿Se va muriendo?
¿Se va extinguiendo?
¿Se va oxidando?
¿Algún día dejas de sentirlo al menos?

¿Qué pasa con las idas y venidas de la risa?
¿Qué pasa con los sueños imposibles?
¿Qué pasa con Dios y con la fe?
¿Quién te enseña cuándo es el momento adecuado para rendirse?

Me siento tan ahogada,
que es absurdo...
Porque ni siquiera hay nada
-ni nadie-
lo suficientemente
apegado a mí
como para atarme...
Y aún así,
no entiendo qué pasa,
cómo pasar,
qué dejar pasar.

La gente es tan valiente,
la gente siempre sabe más,
a todos les dieron las respuestas que a mí no.

¿A dónde iremos a parar los suicidas?
¿En cuál de las muchísimas posiciones que hemos idealizado
quedarán al fin perpetuados nuestros cuerpos?
¿Quién lo descubrirá?
¿Quién lo contará?
¿Valdrá la pena tanto esfuerzo?

¿Por qué no se lavan las manos los pecadores?
¿Por qué prefieren el llanto?
¿Por qué se rehúsan a cambiar?
¿Quíen los ha condenado?

A mí ya no me da miedo nada,
o al menos,
no las mismas cosas de antes,
no las mismas que recuerdas,
no las mismas que te contaba,
no las mismas que podías curar,
no las mismas que sabías de memoria.

¿Qué ocurre el día en que olvidas cómo mentir...
Cuando olvidas repetirte la dosis diaria de autoestima,
tu píldora para sentirte bien?
¿Acaso te descubren?
¿Dejas de ser niño?
¿Creces?
¿Maduras?
¿Envejeces?
¿Mueres (y nadie lo nota)?

La soledad ya no me asusta,
ya no siento frío.
Me acostumbré a mendigar cobijas,
sombras,
manos,
hombros para llorar,
saludos,
despedidas,
abrazos,
cigarros...

Tú... 
Tú te acostumbrarte a ser feliz sin mí
-como siempre-,
a disimular mi ausencia entre los mechones del cabello largo de otras chicas,
a disimular viendo tu imagen en el reflejo de sus ojos,
agarrándote a sus manos más suaves,
a esa armonía de las caderas grandes,
las piernas largas
y los labios rojos.

Y está bien.
Comprendo que las cosas siempre salen
como uno nunca se imagina,
como menos lo planeaste,
como menos lo esperabas,
como todo lo que no necesitabas.

¿Y qué pasa cuando te cansas?
¿Quién grita Stop!?
¿Quién te da la mano cuando lo último que queda por vender
son palos de escobas rotas?

Ay, ay, ay, canto y bailo y hago muecas de risa... Pero ya no lloro.

Es que es cuando escribo,
las heridas se me secan,
es que todo es así de simple,
sí...
Cuando uno acepta,
cuando uno se mueve,
cuando se da cuenta y no es demasiado tarde...

¿Quién te dijo que tenías que irte, quedarte, saltar, andar?
¿Quién te dijo que tenías que hacerlo?
¿Quién te llenó de pistas e instrucciones varias?
¿Por qué... Para qué?
¿Será que...?
Uno
-eventualmente-...
¿Uno se acostumbra?
¿Uno se da cuenta de que es uno,
y no alguien más...?

Yo creo que sí.

Y entonces...
Uno sabe
-sabe-,
y el mundo es diferente,
y hablar solo y en voz alta,
es divertido...
Es verdad,
uno se acostumbra, uno siempre se acostumbra
-al final-
a no tener que ir de a dos.