20121018

Slow drown out and sinking


If heaven existed at all, we would get to know it in this life... 
Because death is nothingness. 


¡Lastimarla era tan fácil! 
Lo difícil, era ayudarla a dormir.
No se cansaba del sexo, no se cansaba del cine, no se cansaba de la pelea.
Si era para pelear que la llamaban, allí estaba ella, siempre a la defensiva, muy atenta y con el sartén de la cocina en una mano.
Podía pasarse madrugadas enteras nada más viendo y repitiendo diálogos de películas de Ed Wood. 
Y cuando quería coger conmigo, no le importaba que estuviera en mi hora de siesta, en la ducha o sentado en el estudio leyendo el periódico... Tenía que seguirle el ritmo o se ponía histérica. 
Su pasión en la vida, eran los extremos.
Supongo que por eso, de alguna forma, yo no hacía parte de sus grandes pasiones en la vida.
Yo lo sabía. Pero entendía por qué no era capaz de dejarla.
A lo mejor, eran nuestros insomnios enamorados. La falta de sueño hablando y obligándonos a mantener las cuerdas de nuestra atadura bien firmes. Creo que mi rutina no habría tenido ningún sentido sin ella.
Yo la amé.
Ella sólo me necesitaba. 
Una mujer así no ama a nadie. Muchas veces pensé en decírselo. Pero creo que no era tan necesario, después de todo, los silencios y la forma en solamente yo lograba sutilmente herirla, eran la afirmación más grande de mi desprecio hacia su falta de carácter para decirme lo que pensaba. Porque ella lo pensaba todo, una y otra vez, minuciosamente. Nada se le escapa, o bueno, muy poco. Dentro de sus finos cálculos, hasta los sentimientos se convertían en ideas. Despojaba al corazón y a las tripas de toda carga sentimental y lograba siempre romper con mis esperanzas. 
Así pues, ella no sentía el hastío, no tenía esa sensación tan humana del asco, del tedio, del rencor y fastidio desdeñoso... No. Nunca antes había sentido nada. La "nada" o un "más o menos" le definían siempre el ánimo. Ella pretendía aprender a amar conmigo, pero no sabía sentir nada. Y mucho menos lo iba a lograr conmigo, que la verdad, no sé cómo ni cuándo, me volví tan enamoradizo, tan patéticamente sentimental. Yo era una maraña de meloserías y palabras cursis que siempre se encontraban con la pared de su tan bien controlada mente. 
Me sorprendía que a veces se sentara a escribir en su diario sobre "sentirse viva". Yo creo que para ella llenarse los ojos de imágenes de películas viejas y ver a otra gente capaz de vivir era poder vivir, apreciar la vida. Sus largas noches desvleándose eran su forma de probarse que no estaba tan muerta. Y nunca creí que lo estuviera... Simplemente, odiaba la vida. Era eso, pero le daba pena admitirlo. Los excesos... Ay, su pecado más grande, -hay cosas que te ayudan a vivir-. Odiar la vida no es pecado para nadie, pero llenar vacíos dándose de a golpazos contra el mundo, es penoso. Pero no podías decirle nada. Y estaba bien por mí. De todas formas, creo que este mundo es la razón más grande por la cual muchos toman esa determinación tan severa de odiarlo todo. Pero oye, el de ella, déjame decirte, era un odio demasiado real, demasiado fuerte, de una obscuridad tremenda... Sobre todo, porque trascendía lo que cualquier humano normal pudiera asociar a ese sentimiento, muy pocos son en realidad capaces de dimensionar lo que ella albergaba en su ser. Su vida, su existencia misma eran una demente oda a ese odio. Y más, porque no era un sentimiento, no, ella no sentía nada por nadie, por ningún ser, una mujer así nunca odia ni ama de la misma manera en la que la gente normal podría sentirlo o entenderlo. 
Su filosofía del odio y cómo cagarse en la vida a través de los excesos, podrían inclusive convertirse en el manual para el culto de una nueva religión. La religión de los desahuciados, los podridamente apasionados por el escepticismo y el sarcasmo. El puto problema, es que ella no lo veía así. Se creía una puta mártir, como si el mundo le importara y le doliera demasiado. Pero yo sabía que ella era incapaz de cualquier compasión. Lo sabía por nosotros dos, por mí... 
A pesar de saber que no sentía nada por mí, seguía alimentándome con una ilusión de mierda sobre el futuro.  Y yo le creía, porque la amaba, porque le tenía fe. Admiraba su fuerza para cargar con todo eso que ni ella misma sabía que odiaba tanto. En realidad era muy valiente, más de lo que yo hubiera podido ser jamás. Pero no me amaba, puta.
Pensarlo, saborearlo, conocer sobre ese engaño, me hacía miserable como nadie. Ya no era yo mismo y ella se preguntaba indefensa de mi dolor, el por qué.
Yo tampoco, por orgullo, fui capaz de hacer nunca nada. Para mí, era ella la que tenía que darse cuenta, hacer una lista de todos los cargos a favor y en contra de nuestra existencia juntos y por fin mandarme al infierno. Pero nunca lo hizo. Temía salir de su papel de mártir, dejar que todos vieran lo fría y calculadora que era, dejarme desamparado y quedarse sola. 
Sabía que nadie más la esperaría, como yo, al volver rota y ebria de las calles.
Nadie más aceptaría dormir con el televisor prendido y con sus películas de mierda repitiéndose absurdamente.
La ciudad no sería amable con su soledad, le exprimiría todo el frío y el gris sobre las heridas.
Y el amor de otro corazón, crédulo en ella, se tardaría a lo mejor siglos en volver a caer.
Ya se había acostumbrado a fingir para mí. A reír para mí... A hacer de mi mediocre sonrisa una de las motivaciones para sonreír también.
¿Para qué matar la costumbre?
Supongo que algo se convierte en costumbre nada más cuando no es tan fácil de matar y sacar de tu vida. Si pudieras hacer con todas las cosas lo que te da la gana, a lo mejor enloquecerías y no sabrías qué dejar ir y qué conservar... Pero las cosas que valen la pena vivir, se conservan solas, buenas o malas.
Lo sé. No fue ella la única culpable, yo debía dejar de creerle a su enfermiza obsesión con todo va a estar bien...



Jugábamos al rompecabezas y nos destruíamos las piezas. 
A jurar y a huir.
Jugábamos a la codicia y a la malicia sin saber quién era cuál.
Nos perseguíamos a ciegas, pero ella con la ventaja del que se pone una venda para fingir, mientras yo en realidad no conocí nunca la luz con ella.
Dolía, y dolía todo. 
Pero encontrarse al final del día, en silencio, sin novedad pero con certeza, le daba algo de sentido a las cosas... A respirar. Y eso era bueno.
La maldita costumbre y su bondad con el alma... 
A veces sentía que con el hecho de que ella estuviera acostumbrada a mí, yo podría sobreponerme a su falta de amor, de sentimientos, de humanidad... Pero en realidad lo que más admiraba en ella era esa especie de perfección. 
A veces por su cuerpo, por su voz, su fuerza en la cama, su risa, y ciertas palabras que atinaban a dilucidar la validez de un momento, la dirección que debían tomar las situaciones desvaneciendo toda posibilidad de azar, y que a fin de cuentas, eran justo lo que yo pensaba, pero nunca sabía organizar en mi mente para poder decir en voz alta... Yo pensaba que era un ángel.
Ella, de verdad, me organizaba. Me protegía de mí mismo, pero me dejaba a la desidia del nosotros.
Reinaba en mi vida. Y yo la dejaba, sólo hasta que mi orgullo empezaba a hacer reclamaciones al respecto... Entonces le decía cualquier cosa para cagarme en su autoestima. Verla llorar me recordaba que éramos reales, que existía un nosotros... Igual de idos, de jodidos, de necesitados.
Ver su ira me daba la esperanza de que ella se quedaría un poco más junto a mí. 
Pero entonces recordaba que esa mujer no amaba a nadie. Esa mujer no sentía nada por nadie... ¿Acaso se tomaría el trabajo de sentir algo por ella misma? 
Yo sentía que ella era un ángel. Algunos de sus gestos mientras cogíamos me daban la sensación de que estaba hablando directamente con Dios, de que venía del Cielo y era la dueña de medio Paraíso. 
Definitivamente, para mí... Una mujer-ángel, por encima de mí mismo, de esa relación mediocre y del amor.
Ella era el amor.
No tenía que esforzarse por fingir nada más de lo que ya era. 
La admiraba porque era perfecta. Era un ángel inmaculado que de verdad había vivido el amor. De hecho, vivía del amor, porque no podía morirse, no podía matarse, y joder, ella era el amor.
Era el amor y me cagué en mí mismo y en mis intentos por hablar del amor, definirlo, filosofarlo, tragarlo,
escribir sobre él,
sobre ella,
para ella... 
Nunca supe escribirle una puta carta coherente,
ninguno de mis poemas le gustó.
Y es que... Yo no sabía qué mierda era el amor...
Aún cuando me acostaba a su lado.
queriendo detener la realidad en un cristal brillante...
Pero yo, 
este pendejo, 
sólo podía fotografiarla, robarla a pedacitos con mi maquinita de atraparle el alma al mundo a blanco y negro y recuerdo que también podía llenarme todo lo que ella quisiera,
todo lo que me obligara, 
de sus películas malas, pero cultas (según ella... 
que lo era todo).
Más sinceramente... Creo que a lo mejor, lo único que yo sí sabía hacer muy bien, 
era esperarla,
recogerla después de sus citas a ciegas con el peligro de morir ahogada en alguna copa, en el asiento trasero de algún taxista depravado y sin sentimientos (pero no en el sentido angelical y perfecto que era tan de ella).
Yo sabía siempre recibirla y agradecer porque estaba viva. 
¡¡Vivía el amor!!
Bajó a la tierra y yo lo conocí al desnudo...
Yo. 
Sí, yo... ¿Yo!!?
¿Este pobre pendejo!?
Sí, bueno. 
El amor es así. Te escoge, trata de enseñarte y tú no aprendes. Te crees con el derecho de enseñarle a él/ella/ángel/cielo/dios/paraíso/tierra/piernas/risa/orgasmo lo que es amar. 
Y no.
Pues, no.
No se puede así la cosa...
Tú igual le dices que debe reducir su existencia a un pincheputonomamesvulgar sentimiento...
Pero el amor no es ni será nunca un sentimiento,
así como la tristeza tampoco lo es,
y al igual que la felicidad que no existe y si lo hiciera, no sería un sentimiento nunca...
Así. Así... Así era ella, en el amor y el amor mismo.
Era una mujer, 
una humana/perfecta/ángel
y no un puto sentimiento.
Y aunque bien pudieras pensar que por lo pasajero el amor es un sentimiento,
y que nuestras vidas son más pasajeras aún,
y que como humanos y humanas somos seres más frágiles que las flores (que nunca enferman)...
La verdad es que el amor es eterno mientras dura.
Es eterno mientras ella.
Fue eterno mientras nosotros dos.
Es eterno mientras te hablo de su pelo, sus cosas, sus sueños, sus manos.
Fue eterno hasta que se ahogó en ella misma, en su incapacidad de verse y mi negligencia al besarla y confesarle que lo sabía todo,
que lo sabía todo sobre ella y su alma y el amor que alimentaba en su sangre,
en el tiempo y las horas y los días que respiraba conmigo y para ella.