20120411

3:08 am: Abrazando un cactus



[me arremolino junto a un puñado de estrellas que no quiero que nadie vea asomar a través de mis ojos,
siento como ellas sienten, hablo su idioma de leyes no universales y excepciones mágicas no coincidenciales, 
sé respirarlas vivas, enteras, llenas de polvo, caramelo y nuez,
me desnudo la conciencia de prejuicios para que me digan, me predigan y me contradigan. 
soy un pedacito de niña que no sabe que morirse tarda más de 10 minutos y que en la eternidad
esos minutos bien podrían ser cualquier cosa, una casa, un árbol, una parte de mi mano, un retazo de cielo,
nadie sabe... la eternidad es así, quisquillosa y alebrestada.
yo sólo busco un beso que se caiga dentro del mio y ya no quiera desprenderse,
que no sea capaz, que no se lo pregunte, que no hiera, que no se las ingenie para no amarme.
quiero que esas estrellas me limpien la sangre, quiero que ese beso me regale un alma, quiero que la eternidad
nos adopte y bendiga...]

-¿Qué tienes? ¿Quieres un tinto?
- No, nada... Gracias.
 /*sonrisas**
-Vale, nos vemos.
-Sí...

Me he dado 10 minutos para morir. Sólo por que sí, porque quiero hacerlo, pero no debería. Hay otra gente, más normal, más como yo no soy. Muchos duermen, se preocupan, sueñan, se pierden, se abrazan y yo me siento acá a gastar mis minutos en un oficio que bien podría tomarme toda la eternidad. Pero así es, me importa tan poco todo... La gente. Sólo pienso en mi madre. A veces llora, la siento, pero como nunca me pregunta nada cuando me ve los ojos rojos, al llegar tarde de la calle, después de fumarme mis porros... Yo tampoco le pregunto a ella por sus suspiros en la cocina y su rostro de pequitas entristecidas y mejillas coloradas por el llanto. Nuestros rojos se esquivan, se ignoran y sacamos mejor el blanco de las sonrisas... Sí. Como dije, el resto de masa mundial se puede ir a la pute merde...

Claro que extraño algunos abrazos, sí. He pensado en hacer varias llamadas durante estos días. No he hecho ninguna. Quiero también escribir dos cartas. Pero una me duele demasiado y la otra prefiero ahorrármela, porque todas esas bonitas palabras se las digo a diario a ese pedacito de ser humano que se encarga de ser mi mala conciencia... Amo decirle que me hace feliz, así yo le falle y me falle, así no nos veamos casi... Su voz es un aliento, un descanso, un descaro feliz. Hay apoyos como ese, que no quiero perder jamás... No sería tan fácil sacar el blanco de mi sonrisa, de no ser porque existe y vibra, sueña, canta, toca una melódica con canciones de Amelié y me recuerda que no puedo morirme aún, no, no sin conocer París.

Las llamadas sí debería hacerlas. Lo siento en la boca del estómago. Es una angustia contundente. Debería seguir ese instinto. Pero a veces me gusta pensar que la gente es más feliz sin mí, y no hay ser que valga la pena cambiar por la felicidad. Si quisieran buscarme, lo harían, como ya lo he hecho yo en el pasado, cuando he estado a punto de quebrarme completa y totalmente. Pero mientras estén bien y felices todos, no vale la pena molestarnos en propiciar encuentros. Supongo que preferirán que coincidamos cuando haya algo que valga la pena por contar. Una falla, una derrota, una tristeza, un algo así... Yo tengo muchos de esos algos así. Pero si ellos no los tienen todavía, debo esperar. No son tan graves. Si estuviera bien rota, los llamaría. Acá me hago otro remiendo, vamos a ver cuánto aguanta la media...

Pero... Mierda. Qué triste eso de buscar a alguien sólo en la tristeza... Pensándolo bien, yo lo que quiero son risas... No sólo ser un escudo protector de nada, porque ni eso sabría ser... No quiero, no quiero. Quiero que me amen ya mismo, mientras río, porque cuando lloro, casi nunca recuerdo amar de vuelta. Joder... 11 minutos. Lo sabía. 

Aquí empieza la infracción. Veo el reloj y no puedo evitar pensar en los que duermen. Soy una loca anormal. Voy a quedar muerta, cuando salga el sol ya estaré demasiado zombie como para recordarme lo de las llamadas. ¿Será que con mi voz les arruino la alegría? Ni se acuerdan de mi existencia. Ay, sí, puedo querer ser muy fuerte, pero me duele. ¿A quién no le gusta que le recuerden?

Qué locura. 13 minutos. El tiempo tiene... ¿Hambre? Me gusta esa expresión. Es algo así como: No joda más, confórmese con lo que tiene, ya deje de pedir, tiene hambre y no se la vamos a saciar mijitico, já.  Me entretiene. Creo que yo también tengo hambre, de muchas cosas, sentimientos, viajes, aire, amor, manos... Pero no más que el tiempo, pute, es el ser más hambriento de todos, y es que ya tiene mi vida, tu vida, nuestras vidas, ya lo tiene todo en sus manos para jodernos, para matarnos, para hacernos viejos, qué asco... Nos envejece y nadie le hace nada a él. Me gustaría dejar de pensarlo tanto,  pero el mundo moderno está lleno de relojes por todas partes. Además, está tan horriblemente interiorizado en el alma de todos, que las caras de las personas, con sus ojos apagados, ya son de por sí, el reloj más imposible de ignorar.

Ahora sí, me rindo. No tengo más tiempo. Lloro un poco. Pero se puede seguir la vida mientras se llora. Se puede estudiar, leer, trabajar, lavar los platos, tener sexo, arreglar la cama, montar en bicleta, tomar el bus, hablar con alguien, rezar, ver una película... Todo, mientras se llora. Así que no necesito estar aquí para contarlo, puedo seguir con mis otros planes de incapacitada mental para conciliar el sueño, mientras todos duermen y mi llanto le gana la batalla a mis párpados para poder salir de mis ojos y apoderarse de mi rostro.

Me odio. 20 minutos. Qué muerte tan larga. Ya no veré más la hora. Si les contara... Estoy oyendo una canción hermosa. Jajajaja, pero no quiero compartirla, sé que nadie más me escucha, no sé, sería lindo que me pillaran y me abrazaran por la espalda y me pidieran que les compartiera el nombre de la canción, que les dedicara la letra, que les cantara un pedacito... 

20120410

Un miedo sin sentido...


- M. Benedetti

El caramelo no existe, es sólo un producto de su imaginación.

Esa mañana se levantó más liviana. El sonido del teléfono descolgado agonizaba a un lado de la cama junto con la bocina roja. La luz se apoderaba de las esquinas del cuarto. El calor aumentaba. El día se hacía insoportablemente innegable. Su cabello parecía abrazarle el rostro. Una sonrisa tenue se le dibujaba porque sí.

Sería su destino acaso verse más linda que cualquiera durante aquel día... O simplemente cargar con un alma menos prejuiciosa para hacer a la humanidad un poquito más amena y libre... Mmmm, no lo sabía, pero se sentía bien. Su mente dejaba pasar los pensamientos tan rápido como venían y no se dejaba perturbar por ninguno de ellos. Sólo sentía. Se sentía muy bien.

Su sueño se mezclaba de manera tibia con su realidad. Y en su sueño era leve y feliz. La mañana pasaba leve y su alma era feliz. El entrecruzamiento le sentaba bien a su existencia. El devenir de las horas le convenía. De a pocos, la cosa fue pasando y haciéndose tarde. Pero todo de a poquitos, muy pocos, muy lento todo, lentito y suave.

Si abrazaba, tomaría todo.
Si respiraba, besaría el aire.
Si caminaba, no sería en vano.
Si le veía, diría "te quiero".
Si sentía miedo, daría gracias.
Si cruzaba la calle, sabía que se encontraría.
Si buscaba, un abrazo la recibiría.
Si escribía, terminaría la página.
Si abría los labios, cantaría amores.
Si recordaba, viviría.

¿Pero de cuándo a dónde? No lo sabía. Las cosas no habían sido fáciles. Lo tenía en su memoria, su cerebro se lo recordaba, su alma lo sabía. Claro, saberse las cosas de memoria nunca impide que uno incurra en olvidarlas cuando le convenga, de ahí el uso de conocerse y haberse recorrido ya varias veces. Las manías y la trampa se aprenden. Es más fácil engañar(se) cuándo se sabe sobre qué mentir mejor... Ignorar. Dejar pasar. Ir. Abrir los brazos, ser fuerte. Sí, todo pasa querida...

Todo, la cosa, el cuento, el nudo, el enredo, el tramo, el pedacito antes del fin se enredaría, como siempre, en la misma parte, cuando menos el corazón se lo espera... Ahí entonces llegó él. Y su corazón estaba como vestido de extraño. Su olor no era el mismo y ella podría jurar que su mirada fue la más triste que esquivó jamás. Menos mal, esas miradas que no se esquivan, son las que más tarde matan. Fue así como la levedad se transformó en tormenta y en una sombra, que como niebla, atravesó su almita... -No debí decir "te quiero"- pensó mientras se recogía el cabello frente al espejo. No lo miraba y suspiraba en secreto, así, sí, muy bajito, mordiendo los rastrojos de aire con las muelas, haciéndolo arrastrarse y luchar por su vida hasta la formación del próximo aliento. Ay, malditos suspiros disimulados. Qué terribles son para la conciencia, para la contaminación aérea... -No debí decir nada- seguía pensado la pobre. 

Qué maneras tan asombrosamente efectivas tiene la tristeza de convertirse en reina, totalitaria, dictadora. Uy, qué dolor, qué dolor. Pero así es. Lo qué más duele es que en los colores de los suspiros solamente se distingan los colores de un sólo par de pulmones y no de dos, no de ambos, no del par de sufrientes... Joder, cómo duele que al final los pacientes no sean dos, sino uno a medias. Sí, suele suceder que la tristeza, cuando es puta, inunda, crece, crece más y estalla. A ella se le estalló entre las sábanas. Escondida, ya de noche -al menos-, sí, con la esperanza mañanera ya marchita y vencida, convencida ahora de que esas cosas buenas sólo le pasan a las hadas que besan con los ojos cerrados a las mariposas y al alba ya son flores y jardines de seda. Mejor quedarse con su silencio, mejor guardarse todas las caricias entre la manga de la camisa y dejar pasar las ganas de andar de dos en dos, con palma de mano en palma de mano dos. Uno y dos, menos el todo, en soledad, llegó a tres. ¿Dolió?... Uy, no. Fue sólo un simulacro, una falsa alarma del corazón. Pero todo está bien. Los gatos nacen al revés y después de muertos, siete vidas les vuelven a crecer.

Su mirada allá y ella acá... Su mente en ellas y ella en él. Todo tan-tan, pero sin son. Algo es fingido, algo murió... Un corazón a medias, tal vez perdido, roto y nada qué hacer para que vuelva(s)... Qué mal, qué triste, qué mal, qué dolor, qué pena. El juego se vuelve de papel y en el fuego se quema. El fuego es el abismo. El abismo es ese abrazo que se niega y esa piel que sólo se humecta cuando la toman las manos correctas, que al final son siempre las mismas que no debieran. Se beben el vino, el que no sabe a nada y se sonríen como si estuviera bien ser un par de payasos tan tristes. Alguien les recuerda, como si fuera poco, como si ya no doliera demasiado, lo justo, lo necesario, lo poco y lo mucho, que en algún lugar, alguna vez, puede que fingiendo, hablando, cantando, o riendo, algo se murió con alguien sobre alguna eterna plataforma de cristal, de felicidad -que siempre es imperfecta- y de amor -que nunca es eterno-.

- Adiós Antonia, no quiero el café.
- Lo sé, adiós... Es que, no había té.
- Mejor haber dejado así, con las galletas estaba bien.
- ¿Era muy poco, no?
- No lo creo, estaba suficiente así.
- Ya lo creo, sí, mejor haber dejado así...
- Es mejor no guardar cosas, más tarde siempre se acumulan otras y las primeras se pierden.
- En otra será, pues.
- Sí, ya verás. Pero está bien, puedes tomarte tú el café.
- No, mejor no, mejor adiós.
- Adiós, Antonia.
- No, no quiero beso. Adiós.
- Bueno, te...
- Ehhh, no, no, no, no, adiós... Adiós a secas y sin azúcar, ahora no le pongas tanta miel, y mejor sin esos "tés"... Mejor te los ahorras, nos los ahorramos, no acumulemos más de lo que podamos (queramos) guardar para después.

[Ojalá pudieran encontrarse las almas que quieren poder dejar quererse al mismo tiempo en condiciones igualmente radiantes sobre las puntitas justas de los segundos antes de pasar a la otra hora y luego a la siguiente durante el conteo de los cabellos que se caen debajo de las almohadas al florecer de la mañana siguiente a que un par cuerpos leves se amen sólo de a pocos a través de los hilos de un destino enredado por cucharas de palo y laberintos con caminos empedrados en lágrimas de nubes azules.]