20140525

1, 2... ¿Fueron dos, verdad? ¡Sí, son dos!


Desperté llena de agua tibia, sintiendo un calor suave y húmedo que me recorría desde el centro del alma hasta los hombros y los riñones, apenas logré las fuerzas necesarias para mover los pies y abrir los ojos, pero no podía darme vuelta, sentía la cabeza anclada sobre la almohada, como hecha de metal cóncavo y vacío. Me habían matado ya tantas veces en otras vidas, que este último recuerdo del desprendimiento de este mundo no me tomaba por sorpresa, aunque más bien parecía algo reciente, demasiado diría yo, más que familiar, la sensación pasaba de ser una certeza a convertirse en un presentimiento, una premonición -igualmente pesada, cierta- de mi futuro próximo, sobre mi muerte última, la fulminante. Estaba ya tan segura de haberme despedido para siempre de la existencia, que descubrir el engaño del sueño y ver el amanecer explotando en las claras luces y formas del día, me sorprendió de verdad. Me sentía conmovida y asustada, ligera y a la vez pesada, ligera hacia adentro, hacia un rincón secreto y apartado como en el final de un túnel en el que mi conciencia apenas reaccionaba, pero el resto de mí misma se negaba aún a despertar por completo. Parecía como si mi cuerpo protestara por todo el esfuerzo de tantas batallas libradas al borde del más grande abismo en disputa por mi alma, sin más recompensas que la gravedad, el peso, el humo en la boca del estómago, los zapatos mojados, el barro. Muchas veces soñaba con un inmenso desierto, tan inmenso como el mismísimo cielo o el océano que desborda el horizonte, pero mis pies eran siempre de plomo, yo luchaba por arrastrarme en medio de agresivas tormentas de arena que se levantaban desde el suelo acompañadas por rayos poderosos del sol ardiente, me sentía obligada a correr, correr con todas mis fuerzas para atravesar ese infinito de piedritas en los ojos, pero la ceguera me retrasaba, me detenía, me ardían los párpados y no podía llorar porque mis lágrimas estaban totalmente secas, tenía las pestañas pegadas entre sí, intentaba volar, daba pequeños y esforzados saltos a ciegas en medio de la frustración de no poder ni saber mirar hacia dónde iba. Fueron noches angustiantes, el mismo esfuerzo, el mismo dolor, el mismo miedo, el gran Sahara imponiéndose en frente de mí, sin saberlo, no sé cómo lo invocaba tantas veces con la misma intensidad y verosimilitud, no sé cómo aparecía siempre igual, tanta arena, el viento hirviente en torbellinos, mi rostro descubierto, mis pies de plomo... Supongo que nadie podía entrar allí y sacarme, porque aquel desierto era yo misma recorriéndome a solas los acertijos y las incertidumbres internas, esas que no podía compartirle a nadie, porque más que palabras, siempre fueron sensaciones, retazos de imágenes, olores mezclados, recuerdos de ciertos lugares imaginarios y reales, rostros borrosos, palabras a medias, sombras, miedos, despedidas, soledades, yo qué sé. Ahora mismo recordaba todo eso, mientras volvía del exilio momentáneo de mi soñada muerte repentina, trágica, húmeda y caliente. ¡Vaya! Supongo que siempre he sido un poco demente, pero le he guardado muy poco afecto a mis demonios. Una cosa es levantarse cada día y confirmar que todavía existen cuando te paras frente al espejo y todavía compruebas con horror que allí sonríen a tu reflejo por encima del hombro mismo hombro izquierdo que ya te duele andar cargando entre los vivos, pero a veces es imposible voltear el rostro sin saludarlos: Buenos días, porque al menos es de día, aunque no venga nada bueno. Luego no supe qué creer, o bueno, no supe cómo no creerlo. Eran (serán) dos cuchillos clavados como agujas en mi vientre de vísceras frutales, dos extraños, uno también muerto, el otro sobre mí, por odio, por venganza, para silenciar a los testigos, mi hermana, una calle del centro, un comercio abierto, gente gritando, la impavidez del asombro, la negación, el terror, la aceptación, la sangre como agua, mi cuerpo chorreando, cierro los ojos, un escalofrío me recorre la espalda, los muslos, detrás de las rodillas, el cuello, ahora escribo esto, pero sé que estoy muerta, sé que de alguna forma he muerto ya, pero a la vez, he sobrevivido para despertar y comprender que la muerte no significa más que seguir viviendo... Como en esos otros sueños que todo el mundo también ha tenido, en los que se cae sin resistencia al vacío hacia el mismo abismo que más tarde, a lo mejor solamente con la exactitud ya calculada de la fuerza necesaria; conducirá sin duda a un nuevo nacimiento. Si esta noche no duermo es porque me revelo por fin a dicho azar, me enfada mucho pensar que otras vidas sean dibujadas y escritas sin mi consentimiento, que se abran puertas a otras dimensiones y universos paralelos mientras todo lo que inocentemente buscaba, no ha sido más que descansar. ¿Cómo podré confiar en cerrar mis ojos de nuevo? Apenas si logré sobreponerme y asumir que todo aquello no había sido más que un mal sueño, pero fue tan real, que el tiempo se detuvo y yo sabía, de verdad sabía, lo que estaba haciendo -me estaba muriendo-, por fin, supe lo que era la muerte y no me pareció tan trágico el desprendimiento, no hubo ritos ni avisos, sólo existía el incontrolable escape del aliento, el afán de tener que acomodarse en el huidizo segundo de un latido que no se distinguía muy bien si provenía de afuera o desde adentro, teniendo la noción plena de estar viviendo por fin en el presente,  no en la idea o la mera ilusión del presente, sino en eso mismo como tal, en la dicha de reconocer la verdadera duración del instante eterno, sin confusión, pues me estaba muriendo y  punto, saberlo era la única cosa en que podía pensar y estar segura, porque entonces fui sensación y pensamiento a la vez, en el acto mismo de la sangre como agua, de mi vientre atravesado como fruta madura por dos agujas, la unidad de mi cuerpo fue desapareciendo y me convertí en mi mente sin esfuerzo, comprendí que allí estaba el secreto, no era irse, sino saberse siendo, aún en ese desvanecimiento, en cada exhalación, conocí la iluminación... Pero fue demasiado, así que la rechacé y escogí volver aquí, porque aquí te espero y guardé tanto este secreto, que no pude esperar a contártelo luego, cariño, quería decírtelo ya, tal cual como explotó en mi cara, este sistema absurdo nos distrae, el trabajo nos distrae, las preguntas nos distraen, las respuestas no sirven, la comida es mediocre, te juro que solamente un orgasmo se le parece de verdad a la muerte, es decir a la vida, a lo que de verdad es la vida, lástima que sólo lo sentimos dos veces, al salir del vientre herido de nuestra madre y antes de entrar a la tumba, bueno, tus orgasmos no están nada mal, pero qué poco nos duran, ¿no crees? En cambio esto de morirse, dura un poco más, no me preguntes cuánto exactamente, pero apenas lo suficiente para iluminarse, mientras que durante un orgasmo ordinario, somos arrancados casi que inmediatamente, castigados sin excusa a la realidad de este desierto de tormentas de arena y piedritas en los ojos, en los que el presente es un supuesto, una burla y nunca estamos más que parcialmente vivos, medianamente atentos, muy poco despiertos. Dormir, dormir, dormir, a lo mejor la trampa está en aprender a manejar los sueños y tratar de recordarlos todos, pero ya te lo dije, tanta luz es insoportable y en los sueños se muere uno muchas veces, demasiadas, así que recordar todo eso sería imposible.